Tonight tonight tonight tonight
I wanna be with you tonight tonight tonight tonight
Toda una vida recogida en una canción.

que unos críos pasen una tarde entretenida! 


Cuando, a veces, los sueños se hacen realidad
6 Comentarios Publicado el 17 de Abril, 2009 en VideosMe importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo, un cutis de durazno o de papel de lija, le doy una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o insecticida, soy perfectamente capaz de soportar una nariz que saque el 1º premio en una exposición de zanahorias; Pero eso sí y en eso soy irreductible, no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar, si no saben volar pierden el tiempo conmigo.
Momentos de película- El indomable Will Hunting
20 Comentarios Publicado el 26 de Septiembre, 2008 en VideosNo eres perfecto amigo, y voy a ahorrarte el suspense, la chica que conociste tampoco es perfecta. Lo único que importa es si sois perfectos como pareja.
Pero tu no puedes decirme como huele la capilla sixtina, nunca has estado allí y has contemplado ese hermoso techo. Si te pregunto por las mujeres, supongo que me darás una lista de tus favoritas. Puede que hayas echado unos cuantos polvos, pero no puedes decirme que se siente cuando te despiertas junto a una mujer y te invade la felicidad.
- Lo más triste de todo es que dentro de 50 años empezarás a pensar por ti mismo y te darás cuenta de que sólo hay dos verdades en la vida: una, que los pedantes sobran, y dos, que has tirado 100.000 pavos en una puta educación que te habría costado un par de dólares por los retrasos en la biblioteca pública.
- Si, pero yo tendré un título y tu servirás patatas fritas a mis hijos cuando paremos a comer algo antes de ir a esquiar.
- Es posible, pero yo seré una persona de verdad.
El mes pasado decidí que llevaba tanto tiempo sin escribir que ya empezaba a echarlo de menos… Supongo que la vida no son más que etapas, y yo estaba volviendo a los tiempos en los que no podía dejar pasar una tarde sin escribir en este blog. Sin embargo, en vez de escribir algún post y quitarme la morriña, pensé en algo que lleva años rondando por mi cabeza, pero que siempre he acabado desechando por un motivo u otro: escribir un libro.
A lo largo de este mes he creado en mi cabeza una emocionante historia que me encantaría contar al mundo, he imaginado unos personajes que para mi ya son casi reales y tengo el final que nunca a lo largo de los años había sido capaz de encontrar. Sin embargo, por desgracia, no tengo tiempo de escribirlo. Por eso, quería compartir aquí con vosotros lo que hubiese sido, o quizá algún día será, el primer capítulo de mi historia. Incluso tiene título, pero prefiero no desvelarlo, quizá cuando escriba la palabra FIN dentro de unos años.
Ni que decir tiene que dicho texto es original y tiene copyright, por lo que queda prohibida su reproducción total o parcial en cualquier medio excepto bajo la aceptación expresa del autor, es decir, yo mismo.
Espero que lo disfrutéis, y que, cada uno que lo leáis, imaginéis vuestro propio argumento y tengáis en vuestra cabeza un final que, por supuesto, termine con una sonrisa.
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- ¿Y cómo terminaría tu obra maestra, señor escritor? – Me preguntó divertida.
- Con una sonrisa, definitivamente con una sonrisa.
Desde que era un crío y estaba en clase de lenguaje perdido entre sujetos y predicados, muchas veces a lo largo de los años ha rondado por mi cabeza la idea de escribir un libro. Aunque sinceramente, mi creatividad siempre brilló por su ausencia y nunca me sentí capaz de encontrar una de esas historias cautivadoras, con ese protagonista que te hiciese desear que el libro tuviera cien páginas más para poder seguir devorando cada frase.
Lo que si tengo claro es cuál sería mi final, mi libro tendría que terminar con una sonrisa. De hecho, siempre he pensado que todos los finales deberían terminar con una sonrisa, eso haría del mundo un lugar mucho más entretenido, pero eso ya es otra historia.
Y eso mismo era lo que en aquel momento le estaba contando a Ana, que paseaba distraída a mi lado, mucho más interesada en un niño rubito que estaba dando de comer a un grupo de patos que se arremolinaban junto a él y en una gaviota que planeaba sobre el lago en busca de su almuerzo matutino. Estaba claro que un paseo por el parque le ofrecía muchas más posibilidades que mi disparatada idea de ser escritor, pensé. Sin embargo, me imagino que más por cortesía que por curiosidad, continuó preguntando entretenida sobre el tema.
- ¿Y el título? Porque un gran libro, merece un gran título. Ya sabes, Los Pilares de La Tierra, El código Da Vinci, El libro del señor escritor…- Enumeró sonriente al tiempo que sacaba un poco la lengua en tono burlón y me miraba triunfal en busca de una mueca de enfado.
- Mmmm… qué te parece “En Londres bajo la lluvia”. Un título más que apropiado para nuestra situación. – Contesté y Ana volvió a sonreír.
- Será mejor que lo del título me lo dejes a mi, señor escritor. Me temo que aún te queda mucho hasta encontrar tu fuente de inspiración.
Ana resultaba una de esas personas con las que cualquier conversación resultaba fácil. Su simpatía, su alegría y su vitalidad me encantaban y resultaban un soplo de aire fresco en nuestra situación. Pensándolo bien no éramos más que dos desconocidos en un país extraño intentando hacernos no sentir tan solos el uno al otro.
No hacía mas de tres semanas que nos habíamos conocido. Aquel sábado, John, uno de mis nuevos amigos de la oficina, me llamó para recordarme que llevaba más de un mes en Londres y que ya era hora de probar una auténtica fiesta inglesa. Y allí acabé, en una discoteca situada en el ático de uno de los edificios más altos de Leicester Square, justo al lado del cine Odeon donde se proyectan las premiers europeas. - ¡Increíble! – Pensé yo. Pero al cabo de una hora ya me había dado cuenta de que si ya de por si era complicado el inglés, hablarlo entre nativos con alguna copa de mas se hacía casi imposible. De hecho, siempre había oído que cuando has bebido algo, el inglés te sale solo, supongo que yo fui la excepción que confirma la regla.
Entre gritos ininteligibles en inglés, muchas sonrisas y alguna que otra copa, escuche un prometedor “hola” en español por mi espalda, me giré, y allí estaba ella toda sonriente, sin una pizca de timidez. Por un minuto me hizo olvidar la ciudad en la que me encontraba, el idioma que aun no dominaba y a todos los amigos que había dejado en España. Y lo que comenzó siendo un minuto, se convirtió en un montón de horas de entretenidas bromas, risas, charlas y confidencias.
Aquella noche nos hicimos buenos amigos y desde entonces, siempre que encontrábamos un hueco en nuestras agendas tratábamos de escaparnos del mundo de los trajes, las corbatas y los negocios y perdernos por algún barrio escondido de Londres o visitar algunos de los lugares más turísticos de la ciudad. Y ese sábado de otoño, con el cielo nublado, le había tocado el turno a Hyde Park.
- ¡Ey, mira eso!. – Señaló con el dedo mientras paseábamos tranquilamente por el camino que conduce hacía la fuente en memoria de Diana de Gales, parecía encantada con su hallazgo y estaba claro que ya se le había ido de la cabeza mi idea de ser escritor.
- ¡Oooohhhh, un banco de madera! – Bromeé. - ¿Qué pasa, estás cansada?!.
- ¡No, idiota! Lee ahí: “To my lovely Mary on her sixtieth, with love from David”. - Contestó con su perfecto acento británico.
- “A mi amada Mary en su sesenta cumpleaños, con amor, David”. – Repetí en voz baja, aunque esta vez en español. Y allí nos quedamos ambos ensimismados mirando la hilera de antiguos bancos de madera que se extendían ante nosotros bordeando el sendero de tierra, todos ellos tallados con inscripciones que convertían en inmortales un sinfín de anónimas historias de amor.

- ¿No te parece precioso?, cada inscripción representa toda una vida.
- ¿Precioso?. ¡No seas pastelona!. Pensaba que te había gustado tanto porque un banco parecido aparecía en el videoclip de la canción “When you say nothing at all” de Ronan Keating en la banda sonora de Notting Hill. – Contesté para hacerla rabiar.
- ¿Pastelona yo? Perdona guapo, ¿quién es el listo que se sabe el nombre de las canciones de la peli empalagosa por excelencia? Y no sólo eso, ¿qué conoce el videoclip?
Touche. Levanté los hombros, puse cara de bueno, asentí con la cabeza y no pude contestar nada. Me había quedado sin respuesta, cómo podía ser que siempre me ganase, pensé, pero preferí no darle la satisfacción de preguntarlo en voz alta. Ana me miraba con aire de victoria y estaba encantada con su descubrimiento, lo sé porque recuerdo perfectamente como le brillaban los ojos en el momento en que se apoyo en el banco para sentarse en él y me hizo un gesto para que la acompañase.
- ¿Cómo crees que se conocieron?
- Cómo se conocieron, ¿quiénes? – Respondí atónito ante la pregunta.
- Pues quién va a ser, David y Mary.
- Ja ja ja, claro mujer, Mary y David, nuestros amigos de toda la vida.
- Ves como eres idiota…
La miré pensando que le habría hecho gracia mi respuesta, sin embargo, a pesar de que la expresión de su cara terminó en una sonrisa, por un segundo, en el primer instante, me pareció que esperaba algo más de mi, que mi contestación la había desilusionado. Quizá sólo fue una sensación, pero sentí que su pregunta merecía una buena respuesta. Así que me aventuré a relatar una improvisada historia de amor.
“David vivió toda su infancia en un pequeño pueblecito cerca de Londres, su familia no tenía muchos recursos y vivían del campo. Era el típico niño bueno, uno de esos que pasa desapercibido entre el resto de sus amigos. No era especialmente atractivo, ni especialmente buen deportista, ni en realidad destacaba especialmente en nada, pero era una de esas personas que tienen un gran corazón, de esas que no hablan demasiado para no meter la pata, pero que siempre tienen algo inteligente que decir y que asombrarían al resto si lo dijesen, pero sin embargo, David nunca lo hacía.
Mery, por el contrario, era puro fuego y espontaneidad. Su padre era un rico empresario de Londres y ella estaba estudiando en uno de los más prestigios colleges de Cambridge. Tenía una larga melena morena, era alta, delgadita, con una sonrisa capaz de encandilar a cualquiera, unos ojos preciosos que te invitan a soñar y una seguridad en si misma que hacía que al estar a su lado tuvieses la sensación de estar protegido.
Un día cualquiera, nada de uno de esos días especiales, porque ya sabes que las mejoras cosas de la vida ocurren un jueves cualquiera en el que ni siquiera te apetecía levantarte de la cama, David tuvo que viajar a Londres para tratar de vender su última cosecha. Siempre que terminaba su tarea, se entretenía paseando por las concurridas calles del centro de Londres y aprovechaba para dar un paseo por alguno de los mercados de la capital, aquel día le apeteció ir a Covent Garden. Le encantaba perderse entre las coloridas tiendecitas, entre los turistas y los pequeños puestos ambulantes llenos de antigüedades, era un mundo completamente nuevo para él y a sus veinte años, todo un sueño.
Una de sus manías era entrar en alguna de las sencillas librerías repletas de historias y aventuras, y ojear los desgastados libros en busca de vidas que él nunca podría vivir. Abrió despacio la oxidada puerta de la librería, la expectación por descubrir una mágica historia entre aquellos libros hacía que quisiese saborear el momento al máximo.
Cuando entró y levantó la vista, por un momento sintió que el aire no acababa de entrarle y que todos aquellos libros habían perdido toda su importancia, le extrañó sentir un ligero temblor en las piernas, pero en un momento lo había olvidado. Allí estaba ella, de pie apoyada en una de las estanterías que invadían aquella librería, ojeando un viejo libro con las tapas desgastadas por su uso.
David ni siquiera se fijo en la falda y la camiseta con el escudo de Cambridge que llevaba ella, ni en sus sandalias blancas, ni en el coletero que le recogía el pelo y sólo le dejaba a la vista un pequeño mechón que le recorría graciosamente la cara, y no lo hizo porque sólo pudo fijarse en la forma en que sus ojos devoraban cada línea del texto, los tenía brillantes y llenos de vida, como si estuviese viviendo cada párrafo, y en sus labios, que mantenía apretados a la vez que los mordía suavemente con sus dientes. Pensó que era la cosa más bonita que había visto en su vida.
Mery, absorta en su lectura, ni siquiera se percató de que un nuevo cliente había entrado en la librería. Mientras tanto, él iba recorriendo disimuladamente cada una de las estanterías estratégicamente situadas por secciones para tratar de acercarse un poco más a ella. Cogía, ojeaba durante varios segundos y devolvía a su lugar de origen historias sobre piratas bajo el rótulo ‘Aventuras’, sobre guerras medievales donde rezaba el letrero ‘Historia’, y así continuó recorriendo sucesivamente ‘Idiomas’, ‘Novela’, ‘Clásicos’… estaba como un flan. Hasta que después de cinco minutos de teatro, ya que no fue capaz de leer ni una sola línea, había terminado de recorrer todo el rectángulo que formaban aquellas estanterías de madera. Llegó a la última, donde ella se encontraba, miró el cartel escrito a mano que presidía aquella estantería, ‘Poesía’.
A pesar de que sabía de antemano que ni en un millón de vidas iba a ser capaz de encontrar el valor suficiente para hablar con ella, la curiosidad por saber qué libro estaba leyendo le dominó. Así que se acerco todavía un poco más donde ella se encontraba. – Disculpa.- Le dijo David cuando trato de coger un libro al azar a la vez que bajaba la mirada para ver cuál era su misterioso libro. – No te preocupes.- Contestó ella sin ni siquiera levantar la mirada. En ese instante, en ese preciso instante cuando David leyó el título, incluso antes de preocuparse por qué libro había escogido él, ya sabía que estaba enamorado.
Demasiado buena para mi, pensó. Una chica así jamás se fijaría en alguien como yo, tendré que ir a darle la enhorabuena a su novio de dos metros, se dijo. Devolvió el libro que acababa de coger, se dio media vuelta, bajó los brazos en señal de derrota y fue dando pasos cortos y desganados hacia la salida. Cuando con su mano alcanzó el pomo de la puerta, giró su cabeza para despedirse, al menos mentalmente, de aquel ángel, y la vio sonriendo, con una sonrisa que le comía por dentro, y se fijo en que sus dedos estaban acariciando la página del libro que estaba leyendo. En ese momento, David se olvidó del viejo encargado con pelo blanco de la tienda que se encontraba detrás del mostrador justo al lado de la puerta donde se encontraba, olvidó al señor con ese sombrero tan gracioso que estaba escogiendo un libro en la sección de ‘Ficción’, olvidó la música que estaba sonando, incluso olvidó el olor que tanto le gustaba a libro antiguo de aquel tipo de librerías, y de tanto olvidar, incluso se olvidó de sus miedos, de su timidez y de sus temores.
Se volvió a girar decidido, sin saber muy bien lo que hacía, simplemente, por una vez en su vida, se dejo guiar por su instinto, lo único que acertó a decir fue, en dirección hacia ella:
- “No te amo como si fueras rosa de sal, topacio, o flecha de claveles que propagan el fuego.”
Mery levantó la vista sorprendida, fue la primera vez que se fijó en él.
- ¿Perdona?. – Preguntó confundida.
- Neruda… Es lo que estabas leyendo ¿no?. Cien sonetos de amor… - Respondió David vacilante a la vez que se acercaba poco a poco a ella. La miró, y se sorprendió al ver que de nuevo le estaban brillando los ojos, exactamente de la misma forma que lo hacían mientras leía aquel libro, y a él, las piernas estaban volviendo a temblarle.
Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.”
- ¡Pero como que se ha acabado!¡Pero como que se ha acabado!. ¡De eso nada! – Casi gritó Ana.
- ¿Cómo que de eso nada?. Pero si ya he respondido a tu pregunta, ya sabes cómo se conocieron David y Mery.
- No, no, no. Ahora no puedes dejarme así. Quiero saber como sigue la historia, y por qué David le acabó escribiendo esta inscripción a su esposa. Merecen un final feliz.– Ana tenía los ojos como platos y se encontraba expectante esperando a que siguiese con mi relato. Sentada en aquel viejo banco de madera, apoyada en aquella inscripción, de alguna manera había hecho suya la historia y en aquel momento lo último que le apetecía era volver al mundo real. Así que continué narrando una historia que todavía no tenía fin.
“Aquel día, en la librería, David y Mery se hicieron inseparables, con el tiempo esa amistad se convirtió en cariño, que finalmente terminó en amor. Supongo que suena extraño que dos personas de mundos tan diferentes pudiesen terminar juntas, pero David, loco de amor, hizo incontables viajes a Cambridge, siempre con una flor en una mano y su corazón enamorado en la otra. Su sencillez, su dulzura y su pasión por ella, atrajeron a Mery que, acostumbrada a otro tipo de chicos completamente distintos en su universidad, se encontraba cada día más cautivada por él.
Pero, como bien dice un famoso cantautor en una de sus canciones, como todas las historias de amor, al menos las más bellas, la suya por supuesto también acabó en tragedia. Ocurrió el día que el padre de Mery se enteró de la relación clandestina que mantenía su hija. Por supuesto, él tenía en mente otra cosa completamente distinta para ella, quizá un rico y joven hombre de negocios de la capital o algún famoso heredero, pero estaba claro que no podía permitir que alguien como David, un chico sin recursos ni futuro, acabase echando a perder su vida. Así que decidió que por un tiempo mandaría a su hija a estudiar a Estados Unidos para que se le fuese de la cabeza aquel joven de pueblo.
El día de la despedida, todo fueron lágrimas y dolor, Cambridge ya no era el lugar para perderse en cualquier esquina para besarse apasionadamente, se había convertido en un lugar gris y oscuro. Sin embargo, David no podía dejar que acabase así, simplemente no podía permitirse dejar ir al amor de su vida de esa manera. Dolido y sin posibilidad de reacción, le dijo: - Ni un millón de kilómetros podrían separarnos. Sé que tienes que irte, pero estoy seguro de que algún día volverás a por mi. Y ese día, yo estaré aquí esperándote y todo el mundo sabrá, incluido tu padre, lo fuerte que era nuestro amor. – – Te quiero. – Respondió ella entre lágrimas.
Pasaron los días, que se fueron apilando en el calendario convirtiéndose en meses. Al principio las cartas llegaban a pares, un par de estaciones después era rara la semana que David recibía alguna. Tras un año las cartas habían dejado de llegar, el matasellos de Boston era ya sólo un vago recuerdo.
Al igual que los meses habían desbancado a los días, los años hicieron lo propio imparables. David seguía sin tener ninguna noticia, pero se aferraba incansable a la idea de que ella volvería, tanto que decidió que desde entonces lucharía para convertirse en mejor persona para ella. Trabajó muy duro, hasta el punto de que con el paso de los años se convirtió en un prospero hombre de negocios, con más dinero y fama de la que jamás habría podido soñar, pero sin embargo no era feliz, no tenía a Mery para compartir sus triunfos y esa hubiera sido su mayor recompensa.
Conforme los años iban pasando, su negocio y su fortuna crecían proporcionalmente. Un buen día se levantó de la cama para comenzar una nueva jornada de trabajo, desayunó como siempre cereales y zumo, y fue hacia el baño a darse una buena ducha fría, pero al entrar, no pudo evitar mirarse en el espejo. Su pelo, a pesar de que nunca le había dado mucha importancia, ya estaba complemente blanco por la edad, de hecho ni mucho menos tenía la misma cantidad de su juventud. Dos grandes bolsas debajo de los ojos se le dibujaban por el esfuerzo y el trabajo acumulado de los años y un sinfín de pequeñas arrugas surcaban su cara. Se había hecho mayor, ya tenía cincuentainueve años.
Instintivamente miró su reloj, tratando de justificar como era posible que todo hubiese ocurrido tan rápido en su vida. Sus ojos se posaron en la fecha del pequeño calendario al lado del segundero del reloj, nueve de octubre. A pesar del paso del tiempo, todavía lo recordaba, el nueve de octubre era el día del cumpleaños de Mery. Alzó la cabeza hacia el techo, pero con los ojos cerrados, tratando de recordar… - Cincuentainueve como yo – Se dijo. – Si, eso es, hoy será el día de su cincuentainueve cumpleaños. Feliz cumpleaños mi niña – Susurró al cielo.
Se metió en la ducha, quizá para que el agua le borrase los recuerdos, no podía quitarse de la cabeza qué estaría haciendo ella ahora, seguramente estaría en el jardín de su preciosa casa en Boston disfrutando de su marido y sus dos hijos, compartiendo el desayuno, la tarta de cumpleaños y el soplar de velas. Y entonces lo recordó. – Que idiota, no eran cincuentainueve, son sesenta, siempre se me olvida que era un año mayor que yo.-
Aquel día David no fue al trabajo, al igual que el resto de aquella semana. Diez días después lo había terminado. Lo miró con orgullo, en el garaje de su residencia en uno de los barrios más ricos de Londres, había un banco de madera recién construido, todavía había serrín esparcido por todo el suelo y se podían ver las herramientas desperdigadas por la estantería. No era ostentoso, pero si sencillo y elegante, parecía robusto, tal y como David quería, tenía que durar para siempre. Y en su respaldo lucía una inscripción “A mi amada Mary, por su sesenta cumpleaños, con amor, David.”
Gracias a los contactos que había conseguido a lo largo de los años de profesión, consiguió exactamente lo que quería, colocar su banco en uno de los lugares más emblemáticos de Londres, Hyde Park, para que si algún día ella regresaba pudiese encontrarlo.
La primera tarde en que colocaron el banco, David se escapó del trabajo y fue a disfrutarlo. Se sentó en él, se quedó un rato pensativo, y a pesar de su experiencia y madurez, se le escapó una lágrima por la mejilla. Porque lo había cumplido, había cumplido la promesa que le hizo a Mery el último día que la vio. Estaba ahí sentado, en aquel banco de madera, y todo el mundo sabía, incluido su padre, lo fuerte que era su amor por ella.
Desde aquel día, David va cada tarde a Hyde Park, se sienta en el banco que construyó para ella y espera paciente su vuelta.”
Al terminar mi relato, la única respuesta que recibí por parte de Ana fue un silencio absoluto. Me extrañó, la miré a los ojos y entendí el por qué. La misma lágrima que David había derramado en aquel banco mucho tiempo atrás, ahora le asomaba a Ana y se quedaba suspendida en su parpado balanceándose. Sin embargo la suya no llegó a caer porque antes de que a la gravedad le diese tiempo de jugar su papel, le apremié:
- Venga niña, que se nos hace tarde, ¡a este paso nos cierran la fuente de Diana! – Y en ese momento Ana volvió en sí.
Rápidamente se paso la mano por la cara tratando de disimular su emoción, su sonrisa habitual volvió a dibujarse y de un salto se levantó del banco.
Continuamos caminando por aquel sendero sin saber bien que decir, por suerte no más de veinte metros después apareció ante nosotros un árbol enorme cuyas ramas caían hacia el suelo y formaban una especie de choza improvisada. Ambos nos metimos dentro y bromeamos con quedarnos a vivir allí. Decidimos que una alfombra y un par de cuadros eran suficientes para adecentar el lugar, un minuto después ya habíamos seleccionado el metro cuadrado que haría las funciones de cuarto de estar y tres minutos después ambos nos tirábamos por el suelo de la risa cuando Ana comentó que iba a ir a Ikea a comprar un felpudo para la entrada del árbol con el lema “Bienvenido a la República Independiente de mi casa”.
Cuando salimos, yo ya me iba directo hacia el memorial, pero Ana me frenó cogiéndome del brazo y me dijo en voz baja que me diese la vuelta. Y allí estaba. El mismo banco que diez minutos atrás habíamos dejado libre, ahora se encontraba ocupado por un señor. Tal y como en mi relato había descrito a David, el hombre tenía el pelo blanco y una expresión sencilla y amable, estaba leyendo tranquilamente el periodo, tenía en sus manos un ejemplar de The Times, se le veía relajado y por las arrugas que surcaban su frente debía rondar ya los setenta.
Ninguno de los dos dijimos nada sobre aquello de camino a la fuente, pero supongo que en el fondo, ambos queríamos creer que habíamos conocido a David, que como cada tarde seguía sentado en aquel banco esperando al amor de su vida.
Continuamos caminando por aquel sendero viendo a deportistas pasar patinando a toda velocidad, cruzamos por un puente para atravesar el lago desde el que había una vista estupenda de las barquitas de remos, hasta que finalmente tras bajar una cuesta de tierra llegamos al monumento en Memoria de la princesa Diana.
Ya a primera vista, me sorprendió gratamente. Todavía tenía en mi cabeza el ostentoso memorial de Diana y Dodi que había visto hacía no mucho en la planta baja de los almacenes Harrods, y descubrir de repente un lugar tan sencillo y apacible me deslumbró.
Más que una fuente, parecía un riachuelo en forma de elipse hecho de piedra que no tenía fin. Descansaba sobre una ladera con una ligera pendiente, rodeado de un cuidado césped recién cortado que olía a naturaleza, y tenía un pequeño puente para poder atravesarlo y cruzar a su interior que no tardamos en aprovechar.
Una pareja de jóvenes un tanto inconscientes se habían descalzado y metido los pies en el agua, desafiando los pocos rayos de sol que se filtraban entre las nubes, y una madre jugaba con su bebé que no dejaba de gatear divertido sobre la mullida hierba tratando de zafarse de ella. Estaba claro que no podían haber escogido un mejor símbolo en memoria de Diana y los londinenses se lo agradecían disfrutando de su tiempo en aquel fantástico lugar.
Ana y yo nos tumbamos en el césped mirando al cielo, apoyándonos la cabeza en los brazos, era lo que realmente apetecía hacer nada más verlo.
- Estaba pensando… Quizá no sea tan absurda tu idea de ser escritor… - Comenzó a decir Ana.
- ¿Y ese cambio de opinión señorita? ¡Hace una hora tus risas se escuchaban desde Madrid! – Respondí contento por su comentario. Ambos continuábamos mirando a un cielo en el que las nubes dibujaban un sinfín de formas distintas.
- La historia que me has contado antes, ¿recuerdas? Tenía algo diferente…, no sé, era especial. A mi me ha emocionado, quizá podrías emocionar también a otros.
- Buah, ya veremos, tal vez con el tiempo. Por ahora ya tengo bastante con el trabajo, ya sabes, es todo nuevo, demasiados cambios.
Ana se quedó pensativa durante unos minutos en silencio. Yo mientras me dediqué a ver como las copas de los árboles se movían rítmicamente con cada ráfaga de viento y como el niño que gateaba a nuestro lado se reía a carcajada limpia cada vez que su madre le atrapaba, le levantaba el pequeño jersey azul con un osito bordado que llevaba puesto y le hacía cosquillas cariñosamente en su tripita descubierta. Su risa era contagiosa y no pude evitar reírme con él.
- ¿Y si hacemos un trato? – Continuó Ana.
- Mmmm… ¿Qué clase de trato?. ¡Espero que no implique meter los pies en esa agua congelada! - Respondí, a la vez que levantaba los hombros y ponía gesto de interrogación.
- ¡Qué va! Por qué no escribes algo, cualquier cosa durante la semana, y cada fin de semana que nos veamos, lo leemos juntos y vemos que sale. Podría ser divertido, y yo prometo ayudarte. – Ahora entendía por donde iban los tiros.
- ¿Y qué me das a cambio? – Porque un trato implicaba dos partes y tenía mucha curiosidad por saber por dónde iba a salir ella.
- ¿No es suficiente con mi amistad y compañía? - Me respondió con cara de buena poniendo morritos, y claro, cualquiera le decía que no a eso, así que cedí.
- Bueno, me lo pensaré, ya lo hablaremos que no lo tengo yo muy claro…
Allí continuamos los dos tumbados charlando sobre mil cosas, disfrutando de la tarde, del silencio de ese lugar tan apacible que únicamente se veía invadido por las risas de un divertido bebe y de unas ligeras ráfagas de viento que nos acariciaban igual que a las copas de aquellos árboles que se veían a lo lejos. Al poco tiempo, Ana ya había abandonado su postura inicial y había apoyado su cabeza sobre mi tripa. Veinte minutos después ambos nos quedamos completamente dormidos.
Me desperté al rato cuando noté que Ana giraba ligeramente su cabeza sobre mi tripa y me percaté de que me estaba mirando.
- Sólo cometiste un error.
- ¿Un error? ¿Qué error? - Le contesté medio dormido sin saber muy bien de lo que estaba hablando.
- Que tu historia de David y Mery no termina con una sonrisa… - Supongo que Ana volvía a tener razón.
Merece la pena aprender inglés, aunque sólo sea para entender esta película…
Es la adaptación al cine de un libro del que os he hablado alguna vez “Martes con mi viejo profesor” de Mitch Albom.
Aunque por desgracia no ha salido en España, sólo está en inglés, espero que os guste tanto como a mi.
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